Proyecto en desarrollo de Andrés Cedrón
- La Fragua Producciones
- 22 ene
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Actualizado: 22 ene
Un director de cine argentino se sumerge en la vida del aviador alemán Günther Plüschow —pionero de la Patagonia aérea— mientras preproduce una película de ficción imposible de filmar. El proceso se convierte en un viaje cinematográfico, político y poético sobre aventura, soberanía y obsesión.

El aviador del fin del mundo - Apuntes para filmar las aventuras de Gunther Plüschow
Registro DNDA: EX-2024-28480052-APN-DNDA#MJ
Género: Documental
Duración: 90 minutos
Director: Andrés Cedrón (Argentina)
En el extremo sur del mundo, donde la tierra se quiebra en hielo, agua y viento, la historia deja sus marcas. La Patagonia no es solo un paisaje, es una huella. Un territorio donde las ambiciones humanas, los sueños individuales y las disputas del poder dejaron señales invisibles. Aquí, el horizonte no promete llegada: promete pregunta. Cada montaña, cada estepa, cada canal guarda la memoria de quienes vinieron a buscar algo —riqueza, gloria, redención, conquista— y encontraron, muchas veces, otra cosa.
Günther Plüschow voló hacia ese sur cuando el mundo todavía se repartía en mapas y las potencias miraban los márgenes como futuro botín. Casi cien años después, regresó a esos mismos cielos para interrogar no sólo la vida de un aviador, sino el deseo que empuja a los hombres hacia el fin del mundo. Porque volar, aquí, no es solo un acto técnico: es una forma de mirar la historia. Y filmar este territorio es entrar en una zona donde la aventura, la política y la memoria se confunden.
Hay hombres que viajan para llegar. Otros viajan para no volver. Plüschow voló al sur como quien responde a un llamado interior. Yo vuelvo a él para entender por qué. Este film nace de una obsesión: seguir la huella de un aviador alemán fallecido en un accidente en el Lago Argentino y descubrir, en ese recorrido, qué tiene la Patagonia que sigue convocando, siglo tras siglo, a exploradores, militares, científicos y soñadores. Tal vez porque el fin del mundo no es una frontera. Es un sueño que sobrevuela.
Nota del director
Filmar la Patagonia es filmar una memoria que no siempre quiere ser contada. Es un territorio que resiste el relato fácil, que se esconde en el viento, en el hielo, en la distancia. Llegué a Günther Plüschow buscando una historia de aviación y terminé encontrándome con una pregunta más profunda: ¿qué empuja a un hombre a volar hacia el fin del mundo?, ¿qué fuerzas invisibles habitan ese sur que sigue llamando, siglo tras siglo, a exploradores, militares, científicos, aventureros?
Pero esta búsqueda no es ajena a mi propia historia. Nací en Neuquén. Mi abuelo fue maestro rural, autodidacta, y fundador de la minera Aluminé en los años 40. Mi padre nació en Zapala, provincia de Neuquén, y mi tío en Caleta Olivia, Provincia de Santa Cruz. Crecí escuchando relatos de caminos de ripio, de escuelas pérdidas en la meseta, de hombres que construían con lo que tenían. La Patagonia no es para mí un decorado: es un linaje, una herencia, una forma de mirar el mundo.
Para mí, Malvinas no es un tema: es una presencia. Crecí sabiendo que en esas islas murieron jóvenes de mi país, pero también supe, con los años, que muchos de los que volvieron no sobrevivieron a lo que habían vivido. La cantidad de ex combatientes que se quitaron la vida alcanzó cifras similares a las de los caídos en combate. Esa guerra no terminó en 1982. Sigue ocurriendo en los cuerpos, en los sueños, en los silencios. Por eso, cuando aparece en el proyecto el Feuerland (perteneciente a Günther Plüschow y participó como parte de la Armada Argentina en la Guerra de malvinas), no lo veo solo como un barco histórico, sino como un espacio donde se cruzan capas de dolor, de soberanía y de memoria.
Y cuando investigo a Plüschow, no puedo dejar de preguntarme qué veía él en este sur. Una buena visión fue leer todos sus libros que relatan sus aventuras a lo largo de su vida (En China en la primera guerra mundial o escapando alrededor del planeta, en su viaje con el Feuerland desde Alemania hasta el fin del mundo,y de cómo surcó los cielos del Sur de Chile y Argentina con su Cóndor de Plata). Existen versiones que lo señalan como posible espía, como observador atento a la importancia estratégica de la Patagonia y de las islas. No me interesa juzgarlo. Me interesa entender. Porque hoy, casi cien años después, ese territorio sigue siendo codiciado: por el petróleo, por la pesca, por su posición geopolítica. El sur sigue siendo deseo. Botín. Proyección. Y filmar a Plüschow es, para mí, una forma de interrogar esa mirada que nunca dejó de posarse sobre este borde del mundo.
Plüschow no fue solo un pionero del aire. Fue un hombre atravesado por su tiempo: por la guerra, por la expansión imperial, por la fascinación con lo desconocido. Pero también fue un soñador. Y es en esa tensión —entre historia y deseo, entre política y poesía— donde esta película se instala.
No quiero reconstruir su vida como una biografía clásica. Quiero caminar sobre sus huellas, respirar los mismos vientos, mirar los mismos cielos. Quiero escuchar lo que la Patagonia todavía guarda: las voces que se perdieron, las promesas incumplidas, las ambiciones que dejaron cicatrices. Creo, como Patricio Guzmán, que los paisajes piensan, que las montañas recuerdan y que el territorio es un archivo.
Este film nace de una obsesión personal, pero también de una inquietud colectiva. En un mundo donde los recursos vuelven a ser disputados y las fronteras se reconfiguran, el sur aparece otra vez como deseo, como botín, como proyección. Volver a Plüschow es volver al origen de esa mirada. Y filmarlo es, para mí, una forma de interrogar el presente.
No sé exactamente qué voy a encontrar en este viaje. Sí sé que no busco respuestas cerradas. Busco resonancias, ecos, fragmentos. Busco que el espectador sienta que está volando, pero también recordando. Porque quizás la Patagonia no sólo sea un lugar, sino una forma de observar el fin del mundo.
— Andrés Cedrón



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